Eran las nueve de la
noche cuando salí de mi casa, como siempre salí escapándome de todo aunque
dentro de lo que en ese entonces llamaba hogar no hubiese nada aparte de mí y
afuera estaba todo y también yo, por eso disfrutaba enormemente la calle, llena
de tanto que siempre lo olvidaba, me distraía con todo, a la larga solo duraba
unos minutos pues al doblar en una esquina, o ver un poste de luz o escuchar un
perro ladrar a la nada lo recordaba y aunque estuviese saturado de todo, lo
sentía, estaba solo.
Di dos pasos, los dos
justos pasos para tocar los adoquines de la calle, y justo cuando me disponía a
huir me recordé que adentro de la casa justo en medio de toda esa nada había
una pequeña jarilla esperando a que el agua que contenía hirviese y esta a su
vez esperaba convertirse en café, un café que ya no pensaba tomar, entre de
nuevo a la casa, todo el ambiente estaba sumergido en la sombra del silencio
que reinaba, aunque yo estuviese, por cada esquina, pase la primer habitación
llegue al corredor y justo al tope se veía entre toda esa sombra, que ya
mencione antes, una pequeña flama que era la excepción del reinado del
silencio, tanto por la luz como por el sonido que hacia el agua cada vez que el
calor la convencía, a nivel molecular, de separarse un poco de sí misma. Me
recordé un poco de ella y cuando me di cuenta de esto apague de un giro de
muñeca el fuego, ahora si el reinado era absoluto, pero yo era libre o al menos
eso creía, porque nuca lo fui aunque estuviese en un carro o en la calle o con
ella o incluso pude haber estado en el sol, esa sombra fría y reina encontraba
como alcanzarme y envolverme por completo como recordándome que yo no era
realmente libre, y salí de nuevo a la calle sin ser libre.
Di por segunda vez los
dos pasos, vi las estrellas y empecé a caminar, siempre que huía de la nada
caminaba hacia ninguna parte pues en el fondo sabía que en todos lados me iba a
encontrar con un minúsculo vacío que por más pequeño que fuese iba a existir
infinitamente, recordándome sin previo aviso que estaba huyendo, pero aún no lo
encontraba o no me quería dar cuenta de él, vi que el alumbrado público de la
esquina de la cuadra estaba intermitente lo que daba cierto aspecto de terror a
la calle porque era de noche, porque la calle estaba vacía y por la
intermitencia que ya mencione, pero no para mí, yo lo vi como un espejo y
cuando ya estaba justo en la esquina de la cuadra y por ende abajo del poste,
hice mi cabeza para atrás muy despacio hasta que me mis ojos estaban en la
misma línea que los 600 watts de sodio que jugaban como niños a ser todos
juntos un pequeño sol encapsulado que moría a cada momento para revivir
inesperadamente unos segundos después, cerré los ojos, podía escuchar el correr
pausado de un segundero olvidado en alguna casa cercana, parecía que durante
ese momento todo era intermitente, el tiempo, la luz, el espacio y entonces la
vi ese último sábado, cuando me tomaba la mano y giraba la cabeza hacia el
suelo, yo le decía algunas palabras y soltaba mi mano para verme a los ojos,
después de decirme algo miraba en dirección contaría y su mano buscaba mi brazo
mientras yo le decía de nuevo algunas palabras para que me viese otra vez, la
vi ese último sábado en donde no sabía si irse, abrí los ojos y una lagrima
caía sola por mi mejilla trazando su camino no como una herida sino como un
recuerdo.