viernes, 10 de enero de 2014

La Casa

Serían las nueve de la noche cuando salí del trabajo, porque en ese entonces yo estaba cubriendo un turno nocturno en una oficina de correos y encargos en la que trabajaba, se llamaba Fiad-Control, mis compañeros de trabajo lo decían con un todo agringado cada vez que lo pronunciaban  quizá para sentirse mejor con el hecho que trabajaban en una simple oficina de correos, inclusive yo llegue a decirlo con ese asentó anglosajón en más de una ocasión cuando por ejemplo me encontraba con compañeros estudiantes de la infancia o con algún pariente lejano del cual no volvería a saber nada hasta que la calle nos volviese a unir o algún muerto en común.

Mi casa quedaba a poca distancia de la oficina, no recuerdo exactamente a cuantas cuadras por el miedo que se apoderaba de mi cuando salía del trabajo tan tarde, pero no era un miedo común, no nacía de la idea de un posible asaltante o una trágica muerte en manos de un psicópata, no era miedo a la noche o al silencio que me acompañaba de retorno a mi casa, no era un miedo biológico como una respuesta psicológica a una amenaza callejera o nocturna… tenía miedo de entrar a mi casa.

Cada paso que daba hacia adelante era una tortura punzante en cada uno de los veintiséis huesos, cada paso era un recuerdo del corredor de la casa y de la obscuridad que lo acompañaba y quizá algo más, sí definitivamente algo más que estaba ahí detrás de la puerta en algún lugar de la obscuridad y el corredor esperando el momento exacto en que la llave se introdujese en el cilindro para poder exactamente elevar todos los pernos y contrapernos y estos a su vez colocaran en paralela perfección el resorte para en un solo movimiento unificado girar la cerradura y abrir la puerta y entonces después de la espera tenerme ahí solos nosotros, la noche, la obscuridad, el miedo y el corredor con la puerta abierta detrás de nosotros.

Me era imposible calcular distancias, cuando mis manos pese a estar dentro de mi abrigo estaban frías y llenas de sudor, cuando mi mente estaba aterrada con las posibles combinaciones futuras, y cada paso solo acrecentaba y me acercaba a lo inevitable, a la sombra; Solo era el tiempo lo que me decía que realmente no vivía lejos de mi trabajo porque antes de lo que hubiese deseado ya estaba frente a esa puerta maldita y del otro lado un corredor de cinco o seis metros sumergido por completo en la obscuridad y dentro de esta estaba escondido en algún lugar, casi podía sentir su sonrisa pútrida y definitivamente ya estando parada frente a la puerta podía sentir sus intenciones diabólicas y el miedo solo crecía y crecía, a veces pensaba en irme lejos del lugar y pagar un hotel en el otro lado de la ciudad.
  
Pero la casa me la heredo un primo que realmente no conocí muy bien, nuestra relación fue solo durante la infancia pues él vivía en la misma casa que yo, realmente no recuerdo muy bien esa época, fue hace ya tanto tiempo, pero si recuerdo el día en que se fue o más bien lo echaron, estaba lloviendo y mi mama no dejaba de llorar mi papa estaba completamente furioso, nosotros estábamos en mi cuarto aunque no recuerdo que era lo que estábamos haciendo, después recuerdo que mi papa lo golpeo y el sangro por la nariz, el solo miraba el suelo como un culpable resignado aceptando su condena, un día después muy temprano regreso a traer todas sus cosas  mi papa no dejo de estar atrás de él desde el momento que entro a la casa no como acompañándolo pues no le dijo una solo palabra, más bien era como vigilándolo, yo no entendía mucho de lo que estaba pasando pues en ese entonces yo solo tenía 6 años, él tenía 16.

Después de eso jamás volví a saber de él y casi puedo decir que lo olvide, hasta que unos 30 años después un abogado me llamo me dijo que mi primo se había suicidado y que tenía un sobre sellado con su letra dirigida hacia mí, cuando ya tuve el sobre en las manos lo abrí, solamente contenía un papel que decía: -lo siento muchísimo- y las escrituras de la casa, creo que por eso no podía dejar la casa, representaba para mí un tótem de una infancia muy difuminada, aunque ese tótem estuviese maldito.


Estando ya parada frente a la casa, saque la llave de mi bolsillo derecho con mi mano izquierda, ambas manos me temblaban, sentía el inicio de un mareo casi podía escuchar en la calle mis pensamientos gritando con todo el pavor que cabe en un grito que corriese, que me alejase de la pesadilla, mis pies estaban inquietos junto con mis piernas y sentía un horrible hormigueo en los brazos que subía poco a poco hasta mis mejillas como miles de minúsculas agujas que penetraban suave y tortuosamente mi piel, todo estaba sumido en el silencio de la muerte, introduje la llave lentamente en el cilindro y se escuchó como uno aunó los pernos y contrapernos encajaban como huesos quebrándose vi al cielo negro como el corredor que me esperaba junto con lo que realmente estaba esperándome, casi podía oler la sangre y casi podía escuchar los gritos de niños, de un movimiento abrí la puerta camine por el corredor hasta la última puerta entre en mi habitación y me dormí.

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